P., con escasos 20 años, y en sus primeros cursos de universidad, empezó a desarrollar una dolencia cutánea focalizada en el rostro. Ronchas rojas, a veces coronadas por protuberancias llenas de pus. Una afección de este tipo no es sencilla en la adolescencia, pero tampoco lo es en los primeros años de universidad. La interacción social no es fácil cuando te avergüenzas de tu aspecto. A ninguna edad. Los pasos que inició entonces P. fueron los que muchos habríamos seguido. Médico de cabecera, un primer y vago diagnóstico de Rosácea y derivación a un dermatólogo. Semanas de espera por la consulta, e idéntico diagnóstico. Sin embargo, durante todo este tiempo de espera por la consulta con el especialista, P. había desarrollado un nuevo síntoma: sentía un enorme dolor en el rostro que le impedía casi tocarse y apenas soportar una exploración médica. El dermatólogo relacionó el dolor con las ronchas y las protuberancias, recetó una crema a P. y trató de tranquilizarla explicando q...